Todo lo atraes tú.
Si quieres, puedes.
Todo pasa por algo.
Si estás vibrando bajo, atraerás más de lo mismo.
Si enfermas es porque todavía hay algo que no has sanado.
Elegiste esta experiencia antes de nacer.
¿Te suena? Seguro que has escuchado alguna de estas frases cientos de veces. Y puede que incluso alguna vez te hayan ayudado.
Pero déjame hacerte una pregunta. ¿Y si algunos de estos mensajes estuvieran haciéndonos más daño que bien?
Quiero hablar de espiritualidad y de ley de la atracción desde un lugar diferente. No para decirte que están mal, porque no lo creo, sino para preguntarnos si algunos de los mensajes que repetimos una y otra vez realmente nos ayudan o si, a veces, terminan haciéndonos sentir más culpables que libres.
Quiero hablar de una versión de ambas que, desde mi punto de vista, ha terminado convirtiéndose en una forma sutil de culpabilización.
Y también quiero hablarte de la pieza que creo que falta en muchas de estas conversaciones: el cuerpo.
Porque es imposible hablar de manifestación consciente sin atender al sistema nervioso. Y cuando entendamos esto, creo que empezarás a mirar muchas de estas frases desde un lugar completamente diferente.
Antes que nada, quiero dejar muy clara una cosa. Esto no va en contra de la ley de la atracción ni de la espiritualidad. De hecho, si ya has trabajado conmigo, sabes que utilizo muchas herramientas de manifestación en mis programas.
Creo en la intención consciente. Creo en la visualización, en proyectarnos hacia aquello que sí queremos. Creo en dirigir nuestra atención hacia aquello que queremos construir. Y también creo en revisar las creencias que guían nuestras decisiones, porque muchas veces son ellas las que determinan cómo actuamos y, por tanto, los resultados que obtenemos.
Todo esto me parece supervalioso. Y no solo porque llevemos siglos hablando de ello desde diferentes tradiciones espirituales, sino porque la psicología y la neurociencia ya han demostrado que son herramientas muy valiosas. De hecho, las utilizan deportistas de élite y personas con un alto rendimiento en sus respectivos ámbitos.
El problema, para mí, nunca han sido las herramientas.
El problema empieza cuando olvidamos que son herramientas y empezamos a convertirlas en verdades absolutas.
Porque una herramienta deja de ser útil cuando se convierte en un juicio. Cuando deja de ayudarte a crecer y empieza a decirte quién eres o por qué estás sufriendo.
Seguro que has escuchado frases como las que te decía al principio.
"Todo lo atraes tú."
"Si te pasan cosas malas es porque vibras bajo."
"Si alguien te hace daño es porque te hace de espejo."
A primera vista parecen mensajes de empoderamiento, porque nos hacen sentir que tenemos capacidad para transformar nuestra vida. Y hasta cierto punto es cierto. Por supuesto que tenemos capacidad de transformación.
Pero una cosa muy distinta es pensar que todo depende de nosotros.
Cuando llevamos estos mensajes al extremo, dejan de empoderarnos y empiezan a culpabilizarnos.
Y esto me hace pensar —y te invito a reflexionar conmigo— si seguir repitiéndonos estas frases no nos hace caer, en cierta manera, en una falsa sensación de control para evitar enfrentarnos al dolor o a la incertidumbre.
Si has sufrido un abuso, si has perdido a alguien, si estás atravesando una enfermedad, si estás viviendo una depresión o una crisis de ansiedad… ¿de verdad podemos reducir toda esa complejidad a que estás vibrando bajo?
Desde mi punto de vista, no.
Y no solo porque me parezca una simplificación enorme de la experiencia humana, sino porque además borra por completo el contexto, la historia y las circunstancias de cada persona.
La vida es mucho más compleja que eso. Y creo que una espiritualidad sana debería ayudarnos a comprender y abrazar esa complejidad, no a utilizarla para juzgarnos.
Y no me malinterpretes. No estoy hablando de quedarnos en el victimismo.
Lo que te ha sucedido no es tu culpa. Pero sí es tu responsabilidad hacerte cargo de tus heridas y de tu vida.
Aquí me gustaría proponerte una pequeña práctica que puede ayudarte a cultivar tu discernimiento.
La próxima vez que escuches uno de estos mensajes, en lugar de preguntarte si es verdadero o falso, haz algo diferente.
No se lo preguntes a tu mente.
Lleva la atención a tu cuerpo y observa qué ocurre.
Porque el cuerpo no habla en pensamientos. Habla en sensaciones.
Quizá notes que tu pecho se cierra. Que tu respiración se acorta. Que aparece un nudo en el estómago o en la garganta. O, a lo mejor, una sensación de vergüenza, de miedo o de culpa.
Y esto es muy interesante porque, mientras la cabeza intenta entender, justificar o incluso convencerte de que esa frase tiene sentido —quizá para devolverte una sensación de control—, tu cuerpo ya te está diciendo cómo la está viviendo.
Y tu cuerpo no miente.
No interpreta. No teoriza. Simplemente responde.
Por eso, para mí, el cuerpo es una brújula extraordinaria. Porque es genuino.
Y esto que te propongo no es para que decidas si una enseñanza es verdadera o falsa, sino para que puedas darte cuenta de cómo impacta en ti.
Porque una práctica espiritual debería acercarte a una mayor sensación de presencia, de seguridad y de libertad. No hacer que vivas con miedo a sentir, a equivocarte o a pensar que hay algo mal en ti cada vez que atraviesas un momento difícil.
Cuando empiezas a escuchar a tu cuerpo, muchas veces descubres que hay mensajes que, aunque parezcan muy espirituales, no te están generando paz. Te están generando presión y resistencia.
Y esa diferencia merece no solo ser escuchada, sino también honrada.
Para mí, ese es uno de los regalos más bonitos del trabajo somático: aprender a utilizar tu cuerpo como una brújula. No para decidir qué es verdadero o falso como una verdad absoluta, sino para descubrir qué te acerca a ti misma y qué te aleja.
Cuando entiendes todo esto, también cambia por completo la forma en la que entiendes la manifestación y la ley de la atracción.
Porque, para mí, manifestar conscientemente nunca ha consistido en convencer al universo para que te dé aquello que deseas.
Consiste en convertirte en una persona cada vez más capaz de sostener la vida que deseas.
Y esa capacidad no depende solo de tu mente. Depende también de tu cuerpo y de tu sistema nervioso.
Porque muchas veces no nos saboteamos por falta de deseo. Nos saboteamos porque nuestro cuerpo no se siente seguro viviendo aquello que anhelamos.
Y no es porque no lo merezcamos. No es porque no lo queramos con suficiente fuerza. No es porque estemos vibrando bajo.
Es porque es desconocido.
Y el sistema nervioso, cuando algo es desconocido, muchas veces lo interpreta como una amenaza.
Por eso, las preguntas que hoy quiero proponerte no son: ¿Estoy vibrando lo suficientemente alto? o ¿Qué estoy haciendo para bloquear mi manifestación?
Para mí, las preguntas importantes —las verdaderamente transformadoras— son otras:
Porque, para mí, ahí empieza la manifestación consciente.
No cuando intentas controlar todo lo que ocurre en el exterior, sino cuando amplías la capacidad de tu sistema nervioso para sostener más amor, más calma, más éxito y también más incertidumbre cuando la vida la trae.
Porque la vida nunca va a dejar de ser vida.
Siempre habrá momentos difíciles.
La diferencia está en la capacidad que desarrollamos para atravesarlos sin perdernos en ellos.
Y déjame decirte que esa capacidad también se entrena.
Por eso, la espiritualidad que a mí me interesa es una espiritualidad mucho más humana.
Una espiritualidad que haga espacio para todo. Para la alegría, pero también para el duelo. Para la gratitud y también para la incertidumbre. Para los sueños, pero también para poner límites.
Una espiritualidad que no me pida estar siempre bien. Que no me señale cada vez que la vida me da un revés. Que no me invite a controlar cada pensamiento o cada emoción por miedo a lo que pueda pasar.
Sino una espiritualidad que me invite a estar más presente, más conectada conmigo y más disponible para la vida tal y como es.
Porque, para mí, la conciencia no consiste en controlar la experiencia humana.
Consiste en poder habitarla con todos sus matices. Con más presencia, con más compasión y con la confianza de que no necesito dejar de ser humana para poder seguir creciendo.
Y si mientras lees esto te has dado cuenta de que llevas tiempo —quizá años— intentando cambiar desde la exigencia, desde la culpa o desconectándote de tu cuerpo, quiero que sepas que hay otra manera de recorrer este camino.
Es, precisamente, el trabajo que hacemos dentro de mi programa de coaching somático.
Un proceso de acompañamiento donde integramos cuerpo, sistema nervioso, emociones y manifestación consciente para que el cambio no ocurra solo desde la fuerza mental, sino también desde la experiencia.
Porque comprender es importante.
Pero tu cuerpo necesita experiencias vividas que sean diferentes. Necesita experiencias encarnadas para empezar a responder de una forma diferente.
Quiero terminar con una idea que espero que recuerdes cada vez que escuches uno de esos mensajes que te hacen sentir que hay algo mal en ti.
Quizá no estás vibrando bajo.
Quizá solo estás cansada.
Quizá tu sistema nervioso está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: protegerte.
Y eso no significa que haya nada roto en ti. No significa que lo estés haciendo mal. Ni siquiera significa que vibres bajo.
Significa que tu cuerpo necesita un trabajo más profundo que el pensamiento positivo.
Necesita seguridad.
Necesita presencia.
Necesita capacidad.
Y necesita ser escuchado.
Tu cuerpo necesita ser incluido en la experiencia desde su propio sentir, no solo desde la mente.
Porque la verdadera transformación no ocurre cuando aprendemos a controlar cada pensamiento o cada emoción —entre otras cosas, porque eso es imposible— ni cuando nos echamos la culpa por aquello que nos ha ocurrido.
Ocurre cuando aprendemos a relacionarnos con nosotras mismas de una forma más consciente, más compasiva y más humana.
Y, desde ese lugar, sí.
Desde ahí sí podemos hablar de ley de la atracción.
Pero no como un dogma que simplifica la experiencia humana. Y, desde luego, no como una manera de controlar la vida.
Sino como la consecuencia natural de vivir con una mayor coherencia entre tu cuerpo, tu mente y tu corazón.
Porque lo que realmente te llevará a manifestar resultados más expansivos y duraderos es liberarte de bloqueos y ampliar la capacidad de tu sistema nervioso para sostener la vida extraordinaria que no solo deseas, sino que también te mereces.
Si sientes que este es el momento de profundizar en este trabajo, puedes conocer aquí mi programa de coaching somático.
Y si quieres empezar por algo gratuito, puedes descargar aquí mi ebook sobre cómo tu cuerpo puede ayudarte a transformar tus bloqueos en expansión.
También te invito a escuchar mi podcast Bajar al Cuerpo, donde encontrarás reflexiones y herramientas para comprender mejor tu cuerpo, transformar patrones y sostener la vida que deseas crear.