Hay una idea que nos persigue. O más bien dos. La primera es que para cuidar a quienes queremos debemos abrirnos y entregarnos en cuerpo y alma, sin medida. Porque “eso es querer y cuidar”, y probablemente esto es lo que se espera de nosotrxs.
Por suerte, en los últimos tiempos, por fin, hemos aprendido que esto no solo no es sostenible, sino que puede ser drenante hasta la extenuación. Lo hemos aprendido a las malas. A fuerza de pagar el precio de perdernos a nosotrxs mismxs en lxs demás. Lo hemos pagado con nuestra salud mental y física, con nuestro tiempo, nuestras necesidades y deseos.
Y de esta herida surge la segunda idea: que tenemos que poner límites y que ponerlos nos salva la vida. Y no es que esto no sea cierto. En muchos casos lo es. Pero hemos cometido un error de cálculo: pensar que poner límites no tiene también un precio a pagar.
La realidad incómoda es que si no aprendemos a discernir cuándo un “no” nace desde la herida, o si no aprendemos a leer la complejidad de cada situación, esto de poner límites puede convertirnos en muros de hormigón contra los que todo rebota en forma de no y, ahí, corremos el riesgo de perdernos de nuevo.
Si has vivido con heridas —pequeñas o grandes— esas dos voces seguramente te suenan familiares. Te piden que elijas entre protegerte o conectar. Y esa falsa dicotomía es agotadora.
A estas alturas, probablemente ya has entendido muchas cosas sobre ti: sabes que tienes que poner límites, sabes que te cuesta y sabes el porqué. Sin embargo, por más que has aprendido y entendido, en el momento en el que estás con alguien… todo eso desaparece. Y vuelves a decir que sí, cuando querías decir que no.
Y eso no es algo que se resuelva pensando y entendiendo más. De lo contrario, ya estaría resuelto. El cambio empieza a producirse cuando aprendes a registrar lo que está pasando dentro de ti mientras está pasando y no te abandonas ahí. Cuando desarrollas esta capacidad, dejas de reaccionar en piloto automático y empiezas a elegir desde un lugar más genuino, más allá de la herida y más alineado contigo.
Y ese registro no ocurre en la mente. Ocurre en el cuerpo.
Cuando intentamos poner límites solo desde la razón pueden suceder dos cosas —totalmente relacionadas con estas dos ideas que comentaba—. Por un lado, puede aparecer el “sé que debo decir sí, porque es lo correcto”. Aquí resurgen todos aquellos momentos en que nos señalaron, nos rechazaron o nos avergonzaron cuando dijimos que no, sin que nos demos cuenta y, aunque intelectualmente entendamos que se está cruzando un límite, acabamos respondiendo desde el miedo, la culpa o el congelamiento.
La otra posibilidad es “sé que debo decir que no porque hay que poner límites”. Y aquí, sin querer, vuelven los momentos en los que nos perdimos y nos agotamos, así que nos cerramos automáticamente. Aquí, el riesgo que corremos es encerrarnos en nosotrxs mismxs, cerrarnos emocionalmente e incluso, quizás, cerrarnos a la posibilidad de construir vínculos más profundos.
Sea como sea, como ves, la historia emocional que llevamos dentro puede boicotearnos.
La buena noticia es que venimos de serie con una brújula interna con la capacidad de devolvernos a nosotrxs mismxs una y otra vez: nuestro cuerpo. Esto, para muchas personas, puede resultar confuso, porque hemos aprendido a vivir desde el pensamiento. Hemos relegado nuestro mundo sensorial a la mera supervivencia física, pero en esta sensorialidad está la capacidad de reconocer nuestras señales internas, responder a ellas, procesar lo que nos pasa y sostener nuestra experiencia. Y desde ahí, podemos abrirnos a nuevas posibilidades en cómo vivimos y en cómo respondemos.
Esto incluye, por supuesto, el poner límites: cuando estamos conectadxs con nuestro cuerpo podemos reconocer las señales sutiles de nuestros propios límites, responder a ellas con mayor claridad y compasión, y sostenernos en nuestras decisiones. Desde ahí, fortalecemos la confianza en nosotrxs mismxs y cultivamos relaciones más seguras y auténticas.
No se trata de buscar respuestas perfectas, sino de empezar a percibir nuestras propias señales internas: una opresión o apertuta en el pecho, un nudo en la garganta, una sensación de alivio. Esos pequeños mapas sensoriales nos dicen si algo es un sí auténtico o un no que necesitamos honrar.
Si estás leyendo esto ahora, puedes probar esto:
No buscamos respuestas categóricas. Solo observar. Este es el primer paso para que tu cuerpo deje de ser un territorio desconocido y empiece a orientar tus decisiones.
Mucha gente cree que poner límites nos hace fríxs o distantes. En realidad, cuando los límites nacen desde un lugar maduro y encarnado, nos permiten relacionarnos con más autenticidad y presencia. Poder decir “esto sí” y “esto no” desde un lugar sostenido, así como poder recibir un límite de la otra persona y acogerlo con amor, nos permite construir vínculos más sanos y abre la posibilidad de tener conversaciones más honestas. No es que nos alejemos; aprendemos a estar tal cual somos dentro de la relación.
Pero ¿qué pasa si la otra persona reacciona mal? La realidad es que no controlamos la reacción del otro. Y aquí es importante recordar que un vínculo que se sostiene a costa de tu silencio es un vínculo en el que tú no estás. Y esto no es ni sano ni justo.
Lo que sí podemos aprender es a sostenernos cuando aparece la culpa, la vergüenza o el miedo al rechazo. Y ahí entra lo que llamo autocompasión firme, que no es más que cuidarnos con ternura, también poniendo límites claros cuando los necesitamos, recordando que aprender a sostenernos no nos vuelve egoístas, nos vuelve fiables dentro del vínculo.
Si todo esto te resuena, he creado un curso gratuito y muy práctico: Encarna tus Límites. Está pensado para personas que, como tú, sostienen y cuidan, y que, a veces, no tienen claro cuándo deberían decir sí y cuándo decir no.
En tres días empezamos por lo básico y lo llevamos a tu experiencia para que puedas integrar:
Esta no es una receta rígida ni pretende arreglarlo todo en un fin de semana. Es una invitación para empezar a crear referencias internas nuevas —cada unx a su ritmo— y para que puedas practicar el poner límites desde la seguridad, no desde la reacción.
Si te apetece, puedes descargarlo de forma gratuita desde mi web. Está diseñado para ser tan práctico como respetuoso, para que lo uses cuando lo necesites y lo adaptes a tu ritmo.
Si quieres contarme cómo te fue con el mini ejercicio de arriba, o si tienes dudas antes de descargar el curso, escríbeme; me encanta leer vuestras experiencias y responder.
Abrir el corazón sin perderse no es un talento secreto: es una práctica. Empieza por tu cuerpo, escuchando sus señales y permitiéndote elegir con más compasión.
Con cariño,
Carol🌿